
Si entras en Cantillon buscando una barra reluciente, un camarero con gomina o, peor aún, una cerveza «para todos los públicos», te has equivocado de barrio, de ciudad y de planeta. En el número 5 de la Rue Paepe-Thans, en Bruselas, no manda el marketing, mandan la telaraña, el polvo de siglos y un olor que haría llorar a tu abuela: una mezcla entre sidra vieja, desván de pueblo y… bueno, algo demanta de caballo sudada.
Y es lo mejor que vas a oler en tu vida.

🏚️ ¿Cervecería o museo del horror?
Fundada en 1900, Cantillon no es una fábrica de cerveza, es una cápsula del tiempo. Mientras el resto del mundo se obsesionaba con filtrar cervezas hasta que parecieran agua mineral o añadirles lúpulos tropicales hasta que supieran a zumo,
la familia Van Roy-Cantillon decidió que pasar absolutamente de todo era la mejor estrategia comercial.
Aquí no se añade levadura de sobre. Aquí se abre el tejado por la noche, se deja que el aire de Bruselas entre a saco en el koelschip (esa piscina de cobre gigante) y que los «bichos» locales —la microflora del valle del Senne— hagan el trabajo sucio. Es la fermentación espontánea. Es punk rock líquido en estado puro.
🕸️ Anécdotas de puristas y telarañas
¿Ves esas telarañas gigantes colgando de las vigas? Ni se te ocurra tocarlas. Son las guardaespaldas de la cerveza. Se comen a los insectos que podrían arruinar el mosto. En Cantillon, la mugre es tecnología punta, y el caos está meticulosamente controlado por la propia naturaleza.
- El drama del cambio: Cuentan que una vez, hace décadas, intentaron limpiar un poco el tejado y la cerveza empezó a salir distinta. ¿Solución? Dejar de limpiar para siempre. El polvo es parte de la receta.
- Zwanze Day: Una vez al año, se vuelven locos y sacan una edición experimental que solo unos pocos locales elegidos en todo el mundo pueden pinchar. Es el «Tomorrowland» de los frikis de la cerveza, pero con menos purpurina y mucha más acidez.
👅 ¿A qué sabe este brebaje salvaje?
Si esperas algo dulce, tostado o con sabor a fruta de la pasión, pide un zumo o una Fanta. Una puta Gueuze de Cantillon es ácida, seca y compleja!! Te da un guantazo de frescor que te despierta hasta las ideas que no tenías.
Es la «Champaña de Bélgica», pero con mucha más actitud y sin la necesidad de un esmoquin.
Es una cerveza viva, una que evoluciona, pelea en la botella y te cuenta historias de cuando Bruselas no era un parque temático de la UE.

La Conexión Nacional: Masía Agullons y el «Bicho»
Si Cantillon es la catedral en Bruselas, Masía Agullons es la ermita sagrada en el Penedès. Carlos y Montse, sus creadores, son básicamente los embajadores de esta locura salvaje en España. Su conexión con Cantillon no es de copia, es de respeto y ADN compartido.
Al igual que sus hermanos belgas, Agullons se niega a usar levaduras comerciales. Usan el tiempo, la madera de barricas de vino y el aire del Penedès para fermentar sus cervezas. Su mítica Setembre, una mezcla de barricas de distintas edades, es lo más cerca que vas a estar de una Gueuze belga sin salir de la península.
Por eso no es casualidad que Masía Agullons sea uno de los pocos lugares del mundo elegidos por Cantillon para el Zwanze Day. Ir allí es una peregrinación entre piedras centenarias, olor a leña y ese ambiente canalla pero auténtico que tanto nos gusta.
En definitiva: Cantillon y Agullons no se beben, se respetan. Son el último bastión de lo auténtico en un mundo de cervezas industriales que saben todas a lo mismo.
Si vienes al Fogg, ven llorado de casa. Aquí servimos cultura, aunque a veces huela a granja. ¡Salud, Gueuze y larga vida al bicho! 🍻

P.D.: Y como en el Fogg somos unos auténticos «enfermos» de lo bueno y nos encanta haceros felices (y a veces, sufrir un poco), nos hemos traído el espíritu salvaje de Bélgica y el Penedès a nuestra barra. A partir de ahora, ya puedes disfrutar de las joyas de Cantillon y Agullons en nuestra nevera